Coalición a la uruguaya

Julio María Sanguinetti

Julio María Sanguinetti - Parlamento Nacional

El Uruguay ha sido un país de partidos. Ya desde la Independencia se configuraron dos bandos: uno en torno a Fructuoso Rivera y otro a Juan Antonio Lavalleja, los dos principales capitanes artiguistas. La vida política los separará y a Lavalleja lo continuará Manuel Oribe. Enfrentados por las armas, Rivera derrota a Oribe, quien —con su apoyo— le había sucedido en la presidencia, renuncia a ésta y se marcha a Buenos Aires; Rosas desconoce su renuncia y arma un ejército para reinstalarlo en el poder.

Rosas, así como no reconocía la independencia de Paraguay, apenas se había resignado a la de Uruguay. Su sueño era reconstituir el Virreinato y ejercer, desde Buenos Aires, un gobierno tan hegemónico como el que detentaba. Lo que empieza como un conflicto de predominios personales y de intereses territoriales, termina siendo, como dice el historiador José Pedro Barrán, una “guerra ideológica”. De un lado Rivera, hombre de las masas, rodeado por la intelectualidad liberal montevideana y porteña y, del otro, Rosas y Oribe, en quienes aquellos personificaban el “retroceso al oscurantismo en que vivíamos antes de liberarnos de la tutela española, la derrota de la revolución iniciada en mayo de 1810”.

Entre 1839 y 1851 se definirán claramente los dos partidos tradicionales del Uruguay. De un lado estarán los colorados de Rivera, apoyados por los intelectuales orientales (Manuel Herrera y Obes, Melchor Pacheco y Obes, Andrés Lamas) y porteños (Florencio Varela, Esteban Echeverría, Mármol, Alberdi, Mitre) y del otro los blancos de Oribe y el rosismo. Aquellos tendrán en Garibaldi un emblema de lo que sentían como un capítulo de la gran batalla universal entre la filosofía liberal, universalista y republicana, frente a un nacionalismo dogmático.

Así tendremos colorados y blancos. No faltarán entre ellos conflictos armados. El último fue en 1904. A partir de allí, los colorados, con Batlle y Ordóñez, llevarán la filosofía liberal a su culminación progresista (o socialdemócrata), con una república laica y un precoz Estado Benefactor, que entre 1903 y 1911 sancionará una legislación social de avanzada.

En 1958 se produce la primera rotación en el poder. Ganan los blancos (o nacionalistas) con una bandera liberal, pero la estructura del Estado permanecerá incólume. Se alternan uno y otro en el poder hasta que, en 1963, bajo el influjo de la revolución cubana, comienza una guerrilla que termina diez años después sacando a las FF.AA. a la calle, que –embriagadas por su victoria- terminan en una dictadura.

Restaurada la democracia, entre 1985 y 2005, se alternarán tres gobiernos colorados y uno blanco. Sin embargo, ya había ido creciendo un nuevo partido, que se inicia como un frente de izquierda de todos los orígenes y se consolida en la elección de 1994, con una fuerza equivalente a la de los partidos tradicionales. Así, desde 2005, gobernará por tres períodos (dos del Dr. Vázquez y uno de Mujica) hasta que, en la última elección, una coalición republicana vuelve a producir una rotación.

Los gobiernos del Frente Amplio, invocando una postura socialista, tampoco sacudieron las estructuras del Estado. Proclamaban su admiración por la revolución cubana y apoyaron fervorosamente a Chávez y Maduro, pero la economía siguió siendo de mercado y la separación de poderes permaneció intacta. En nuestra opinión, despilfarraron la década de bonanza de precios internacionales, de 2004 a 2014, y llevaron adelante reformas sociales fracasadas, pero al mismo tiempo enterraron sus viejos eslóganes de “reforma agraria”, “no pagar la deuda eterna”, o “nacionalizar la banca”.

El país precisaba un cambio y así como el Frente Amplio, en su tiempo, configuró una coalición de partidos, ahora hicimos lo propio los colorados y los blancos (o nacionalistas). Se sumaron otros tres nuevos partidos. Se firmó un compromiso programático para la segunda vuelta electoral y allí es electo Presidente el Dr. Luis Lacalle Pou, blanco, hijo del expresidente Lacalle Herrera y vástago de una familia con seis generaciones de relevancia política. A los 46 años y sin experiencia administrativa, su brillante campaña electoral nos aseguraba un buen político pero no necesariamente un piloto de tormenta, alguien capaz de conducir el Estado, al frente de una coalición que sus adversarios presumían frágil. El tema es que, a los 13 días de llegar al gobierno, irrumpe la pandemia y tuvo que enterrar el manual. En vez de batallar para reducir el déficit, tuvo que salir a gastar en ayudas sociales.

El hecho es que, un año después, bajo el emblema de la “libertad responsable”, sin caer en confinamientos obligatorios o toques de queda, el Uruguay logró superar con solvencia la primera ola.

El Presidente se afirmó con vigor y cuenta con un apoyo muy fuerte de opinión pública. La coalición logró en el Parlamento a aprobar un presupuesto equilibrado y una ley de 500 artículos, que definió sus prioridades fundamentales.

Naturalmente, la economía ha sufrido. La caída del año pasado fue de casi un 6% del PBI, aunque se mantuvo el control macroeconómico y la estabilidad social, con ampliaciones de los seguros de desocupación y enfermedad, los apoyos alimenticios y las asignaciones familiares.

Cuando nos preparábamos para un mejor tiempo, inesperadamente nos asalta, violentamente, esta segunda ola, que está en el mundo pero que a nosotros nos llega desde Brasil con una maligna cepa P1, más contagiosa que la anterior. Se han tomado nuevamente medidas restrictivas de la circulación, apelando siempre a la disciplina social, pero ahora con un horizonte: el de la inmunidad por medio de una vacunación que avanza rápido.

En cualquier caso, al final de todas las cuentas y debates, lo que importa es cuántas vidas se salvaron y cuántas se perdieron. En esta semana que termina, el Uruguay registraba 24 personas fallecidas cada 100.000 habitantes, contra unas 123 de Argentina, 120 de Chile, 141 de Brasil y 155 de España. En una palabra, en esta triste contabilidad de pesares, Uruguay —incuestionablemente—está saliendo menos mal que nuestros parientes. Estamos en plena batalla, sí, pero librada desde la certeza que da una experiencia solvente de un año.

Las instituciones son el cimiento. Pero son los partidos organizados los que estabilizan las corrientes de opinión. Si ellos son conducidos con inteligencia por un Presidente de talante abierto y democrático, hay futuro. Es el que, desde esta orilla del Plata, visualizamos para la próxima primavera.

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