Este miércoles, se cumplirán dos años de la desaparición física del ex presidente Jorge Batlle, nuestro querido y admirado Jorge. Comparto a modo de homenaje -sencillo, pero sincero- estas líneas, mientras me reservo otras que aún están en el tintero para el 25, día en el que cumpliría -parafraseándolo- «como cien» (92).
Por Gustavo Toledo
Dicen que miró hacia el cielo oscuro y exclamó, acaso dibujando una de esas sonrisas pícaras con las que solía fulminar a sus víctimas y con las que otras veces le abría las puertas de su alma a algún sentimiento que pedía ser libre desde hacía mucho: “¡Está linda la noche!”. Y eso fue lo último que dijo antes de desplomarse, tras una larga jornada de militancia en su querido departamento de Tacuarembó, tierra a la que había llegado por primera vez setenta años atrás para postularse como convencional del Partido Colorado y a la que había arribado unas horas antes en un ómnibus de línea –como un ciudadano más- sin más equipaje que su palabra siempre generosa, algún libro en el bolsillo –infaltable- y su deseo de seguir haciendo política, como si el tiempo –inexorable- no hubiese pasado para él.
Tenía casi 89 años. Y si bien parecía tener muchos menos, no estaba para esos trotes. O al menos eso le decían. O, mejor dicho, eso pensaban quienes lo veían ir y venir, escribir en Facebook, asistir a cuanto evento, entrevista o reunión de familia o de amigos lo invitaran, pero no se animaban a pedirle que parara la mano, que se cuidara, que pensara en él. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo ponerle límites a ese ser que siempre hizo lo que quiso y se animó a transgredir los de su apellido, su partido, su clase, su cargo y su edad, para hacer y decir lo que sentía? ¿Cómo hacerle entender si quiera que velara un poco más por su salud, si esa era su vida y al igual que su padre, puesto a elegir entre ella y la política, eligió sin chistar la segunda? “No sabría hacer otra cosa”, decía. ¿Cómo dudarlo? Si eso fue lo que hizo toda su vida, prácticamente desde que nació, cuando siendo apenas un niño de pantalón corto debió lidiar con los matones del régimen de Terra y compañía que allanaban su casa una y otra vez, asumiendo el rol de “hombre de la casa” mientras su padre estuvo en el exilio. O ya de muchachón cuando le tocó tomar las riendas del diario y la radio familiares, amén de los asuntos de la 15, mientras sus padres estaban afuera, consciente de que la reforma del 51 no sería buena para el país y sólo depararía traspiés e inconvenientes. Y ni que hablar luego, a principios de los setenta, cuando le puso el pecho a las balas y denunció el mismo día de su cumpleaños el contubernio entre milicos y tupas, montados ambos sobre el mismo corcel de patrañas e infamias que lo arrastraron a la ignominia y la cárcel. O la poco valorada y sin embargo decisiva resistencia que le opuso a la dictadura, abriendo cauces, pensando salidas, resignando justas aspiraciones en aras de que se reestablecieran las libertades conculcadas. Y una vez en el gobierno, luego de perder varias elecciones por “cantar la justa”, buscando -con la valentía que a otros les faltó- la “paz en el alma” entre todos los uruguayos (¿cómo olvidar aquel encuentro entrañable entre él y la Señora Luisa Cuesta, en Casa de Gobierno, asumiendo, por primera vez, que los desaparecidos eran de todos y no sólo de sus familiares?), o afrontando la peor crisis de nuestra historia contemporánea con seguridad y coraje, defendiendo al Uruguay como lo haría un padre con sus hijos, asumiendo costos mucho más altos de los que cualquier otro seguramente hubiese asumido en su lugar. Allí estuvo él, siempre, nuestro querido y admirado Jorge, peleando contra la corriente. Asumiendo su lugar en la trinchera, sin quejarse, dejando el alma en la cancha. Aunque lo correcto sería decir: sembrándola.
Su último empeño, estuvo puesto al servicio de reconstruir el partido, tratando de modernizarlo una vez más, de reunir a la indiada dispersa y alicaída, planteando ideas, convocando gente nueva (amaba a los jóvenes), abriendo puertas y ventanas a todo aquel que quisiera sumarse, pensando, siempre, en el futuro del país. Su verdadera obsesión, ya que si bien era un puente con el pasado, ese que parecía conocer en sus entrañas hasta en sus más recónditos detalles, y los recuerdos de doscientos años de historia nacional se condensaban en su prodigiosa y chispeante memoria, siempre estuvo al servicio de alimentar la esperanza en el futuro y nunca la nostalgia paralizante con la que otros aún lucran o intentan hacerlo.
Cayó peleando, sí, como un soldado más, sin escoltas ni escuderos, solito, fiel a sí mismo, con la mirada puesta más allá de la coyuntura que ahora nos inunda y ahoga, más allá de la traición y de la derrota, de los dimes y diretes, de la ponzoña de la mediocridad, pensando en alto, soñando por y para nosotros, e invitándonos con esa pasión que le era propia a hacer realidad esos sueños.
Pasaron varios días en los que esperamos que despertara, volver a oír su voz del otro lado del teléfono, a escuchar sus monólogos deslumbrantes, sus chistes, sus carcajadas interminables, sus encargos, acaso sus rezongos, pero no despertó. Un día antes de su cumpleaños, se fue. Como si los extremos de su vida hubiesen querido tocarse formando así un círculo perfecto que sirviera de marco para una existencia imposible de encerrar en ningún lado. Una historia de servicio y entrega al país, ese que antepuso a todo y a todos, tanto en el llano como en la cúspide. Y al que estaba sirviendo, como un colorado más, cuando cayó.
Miles de sus correligionarios lo despedimos en el Palacio Legislativo, allí donde otras generaciones de colorados despidieron a su padre y otros, tiempo atrás, a su tío abuelo, don Pepe. Y en el trayecto que va del Palacio a la Casa del Partido, otros tantos se arrimaron a las aceras o a los balcones para despedirlo, algunos pañuelo en mano, otros arrojando alguna flor cortada de su jardín, otros parando un momento y bajando la mirada en señal de respeto o gritando “¡Viva Jorge!”, “¡Viva Batlle!”. A su paso por el viejo templo de El Día, sonó la sirena como un cálido eco que venía del pasado cargado de muertos queridos y algunos olvidados dispuestos a decir presente.
Un poco más allá, ya en la Casa del Partido, las voces de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, ex ministros, senadores y hombres y mujeres de a pie, se superponían en un coro improvisado. “Jorge”, “Presidente”, “Viva Batlle”, se alternaban entre sollozos. Flameaban viejas banderas de la 15, claveles, pabellones y banderas coloradas que apenas se elevaban por sobre la multitud.
El cortejo se detuvo frente a la vieja casona. El cuerpo llevaba dos banderas: una nacional y otra colorada, que un soldado pasó a otra persona. Allí, su hijo, el Mono, la tomó entre sus manos y dirigiéndose a la multitud gritó: “¡Viva el Partido Colorado, carajo!”. No “¡Viva Batlle!”, ni “¡Viva Jorge!”… “¡Viva el Partido Colorado, carajo!” (¡Pucha, si habrá conocido bien a su viejo!) Una anciana a mi lado, bajita, casi diminuta, hacía equilibrio con su chismosa colgando de uno de sus brazo y con el otro buscaba sujetarse a mí, o yo a ella, tanto da; “lo conozco desde chica, toda mi vida”, me dijo, entre lágrimas de despedida, que ya no eran sólo suyas.
Más de un nacionalista con su bandera de Aparicio colgando sobre su espalda y un clavel blanco en su mano se integró a la columna que recorrió el trayecto que lo separaba de su morada final, sellando diferencias centenarias. A pocas cuadras de allí, en Fernández Crespo, las banderas en la sede central del Partido Comunista flameaban a media asta, también en señal de duelo por el adversario caído. Un gesto tan inusual como bello.
Vuelvo la vista atrás y pienso que aquellos hombres y mujeres que recorrimos esas cuadras tomados del brazo y lo despedimos al pie del viejo panteón familiar, lo hicimos con la mirada puesta en el futuro. Conscientes de que Jorge, esa brisa que soplaba entre las copas de los árboles mientras su ex vicepresidente, Luis Hierro, se preguntaba, justamente, “¿quién nos hablará ahora del porvenir’”, estaba vivo, esparcido como semilla entre nosotros, convocándonos a pensar en alto y a seguir soñando en grande.
Como lo hizo él, por y para el país.
