La violencia hacia la mujer no es un tipo de violencia cualquiera, porque no se genera de manera espontánea, es el producto de una educación arraigada en un comportamiento opresor, donde la vida ajena pasa a no tener valor y a ser desmerecida en distintos niveles.
Es por eso que, la gravedad representada en este tipo de violencia debe ser un interpelador constante hacia nosotros mismos y hacia quienes nos rodean. Debe ser una invitación a repensar cómo estamos educando a las futuras generaciones: si educamos en equidad o, por el contrario, si continuamos educando en base a estereotipos y asignaciones de roles.
Por eso, la educación es la clave. Es a través de la educación, en su más amplio espectro, formal, informal y culturalmente, donde se constituye el pilar esencial para erradicar de una vez y para siempre los factores sociales que siguen reproduciendo la desigualdad entre hombres y mujeres, factores además, que son los mismos que conllevan a habilitar acciones violentas en el silencio de la complicidad de entornos familiares, entre amigos y comunidades.
Hoy, siendo actores políticos al servicio de la gente, nos compete ser los principales agentes de cambio, tanto para reformar los métodos con los que educamos como para erradicar los hábitos machistas que seguimos enseñando de manera consciente o inconsciente.
Que no quepa duda, la solución definitiva solo podrá llegar cuando apostemos fuertemente por una educación en derechos humanos, en paridad, desde la libertad, con un sistema que acompañe sin titubear, que esté firme y determinado a eliminar cualquier forma de violencia hacia la mujer.
Educar es enseñar a no dar tregua en la lección más importante contra la violencia: aprender a que ningún genero nace con mas valor en su vida que otros y en consecuencia, ninguno tendrá derecho jamas a imponerse sobre el otro ni mucho menos a destruir su vida.
Cortar la violencia desde la educación, es cortarla de raiz.








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